Viejos rebuznos

“Tomé una respiración profunda y escuché el viejo rebuzno de mi corazón: soy yo, soy yo, soy yo.”
Sylvia Plath

Las vacaciones tienen un poco eso: una calma después del balance neurótico de diciembre y el paso a una nostalgia indefinida.
O al menos así suelen ser las mías.
Ir a lugares conocidos, o más o menos familiares, refuerza un poco la sensación: cómo era esto  dos años atrás, qué libro estaba leyendo cuando me sentaba en esta playa, qué corte de pelo usaba o qué bikini me ponía.
Pero los días de lluvia son peores.
Porque los días de lluvia, sobre todo cuando hay varios seguidos, obligan a alejarse un poco más, a salir a la ruta, a recorrer.
Hace algunos años que no lo hacía, pero no es la primera vez que lo hago.
Pasó al menos dos veces antes, en los últimos diez años.
Me desvío del paseo previsto y prometido a mis hijos y entro en Valeria del Mar.
En Valeria del Mar hay una casa que yo busco.
Estuve ahí hace mucho, cuando mi hijo mayor tenía dos años.
Era una casa que habíamos alquilado casi por casualidad, en un viaje relámpago de fin de año. Pertenecía a una pareja de alemanes, de unos 70 o 75 años, que vivía allí durante el año y volvía a Europa en los veranos. Era una casita muy simpática, con un jardín al frente, muchas ventanas y mucha madera. Tenía una cocina, ordenada con obsesión prusiana y con un cartelito de cerámica que decía: un lugar para cada cosa y cada cosa en su lugar. Tenía una biblioteca de la que me robé un libro de poemas de Sylvia Plath que todavía conservo.
Pero la casa no está.
No estaba ya las dos veces anteriores en que la busqué.
No recuerdo exactamente dónde quedaba: apenas la primera curva, a la derecha, pasando el asfalto.
Debería estar cerca, pero no está.
O peor: está y yo no sé cómo encontrarla.
Mis hijos se impacientan pero me conocen la necedad.
Busco, doblo, me ilusiono, insisto.
Se me ocurre que los dos viejos se deben haber muerto. Que quizá vendieron el terreno y tiraron abajo la casita.
Y cuando me rindo y busco la salida a la ruta otra vez, pienso que lo que uno busca no es exactamente volver a los lugares donde fue feliz, sino a esos lugares donde tiene la intuición de que, alguna vez, creyó saber quién era.

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Caracoles en VHS

A mí no me pasa.
O sí.
No me pasa con el año, como a otra gente.
Esa necesidad de deshacerse de cosas.
De hacer lugar.
A mí no me pasa, pero pasa en mi barrio.
Estos días especialmente.
Entonces salís a la calle y te encontrás con un sillón destartalado.
Con un perchero de metal.
Incluso con el pie de fundición de una máquina Singer original que arrastrás hasta tu casa debajo del sol rajante de un domingo de noventa mil grados.
Hay puertas de placares.
Y hay cajones abandonados sin nada adentro.
Hay lluvias de verano.
Y hay casas en las que sabés que hace años que no vive nadie.
Y entonces una tarde salís a caminar Y en la puerta de una de esas casas en las que sabés que hace años que no vive nadie, ves los tres VHS: dos de X-Files y otro que, quién sabe cómo, promete tener adentro El discreto encanto de la burguesía, El extraño mundo de Jack y Sueños en Arizona.
2014-01-02 17.19.15VHSs que alguna vez fueron vírgenes y en los que alguien grabó ¿directamente de la televisión? unas cuantas películas.
También hay tres caracoles, típicos pos tormenta: uno por cada cassette.
Y entonces pensás en quién grabó esos VHS.
O en quién se los grabó a su último dueño.
Pensás en cuánto hace que no tenés VHSs.
Ni una máquina para reproducirlos.
En los caracoles y en la próxima lluvia de verano, que borrará lo que de todas maneras ya no se puede o no importa ver.
Y en quién sacó a la calle lo que estaba en una casa que sabés que está vacía.
Solamente porque empieza el año.
Empieza el año y hay que hacer lugar.

Alcantarilla

Diciembre es diciembre.
Trae el calor definitivo y la fiebre infinita de los balances.
La ficción de que se lleva todo.
Es decir, nada.
Los fanáticos de las listas multiplicamos las listas de lo que hay que hacer, de lo que queda pendiente para enero.
Los fanáticos de las listas hacemos listas de lo que no hicimos y ya no haremos.
Diciembre trae además algunas lluvias extrañas. Esas lluvias de verano, intempestivas y un poco sórdidas. Lluvias donde el viento no es el viento que querés sino un viento húmedo y caliente.
Lluvias que se parecen a diciembre con vientos que se parecen a diciembre.
Que prometen un refrescar efímero.
Que duran poco.
Que mienten.
Hasta que vas por la calle después de la tormenta.
Con el agua ya evaporada por el sol en las veredas, tirado en la alcantarilla, lo ves.
El libro está roto y mojado.
Te asomás para mirarlo, en el medio del agua y pensás qué de la tormenta lo llevó ahí.
Es alguna de las obras de Freud, quién sabe cuál.
Las primeras líneas de la página dicen:

“… una noción intermedia entre la condena y la fuga”.

Entre la condena y la fuga.
Diciembre es diciembre.

2013-12-19 08.57.59

Casa y mata

Hay un barrio que los domingos a las siete y media de la mañana es todo silencio.
Fue uno de los proyectos de barrios planificados por la Comisión de Casas Baratas, en 1915.
Tiene nueve edificios de departamento (viviendas colectivas), bordeados por un parque, y 104 casas individuales y fue construido entre 1928 y 1930 por una empresa alemana que se inspiró en un barrio suizo e inaugurado en 1934.
En un primer momento las propiedades se otorgaron con un pago mensual que era como un alquiler o cuota de venta y existía una cláusula por la cual no podían ser reformadas.
Hay una suerte de arreglo implícito, que permanece hasta hoy, de  vender las casas sólo a familiares cercanos o a amigos, así que es difícil encontrar carteles de venta en el Barrio Rawson.
Así que los domingos a las siete y media de la mañana las casas están cerradas y, como mucho, te encontrás con los perros que duermen en los jardines al frente y que, si están en vena, te ladran cuando pasás.
Dan ganas, en esta época, de meter la mano entre las rejas y robar jazmines.
Hasta que te cruzás con una casa abierta.
Hay un barrio, que los domingos a las siete y media está cerrado y silencioso y que este domingo tiene una casa abierta.
En la puerta de la casa hay algo que parece una heladera antigua.
Pero no es.
Las puertas, abiertas de par en par igual que las ventanas del primer piso muestran habitaciones vacías y, en el fondo, dos obreros trabajando con palas inmensas.
La heladera antigua, en la puerta, no es una heladera antigua.
La heladera antigua en la puerta es una caja fuerte.
En el frente tiene una chapa de bronce descolorido que dice CASA Y MATA.
La puerta de la caja se abre.
Pero está vacía.
Captura
¿Qué cosas y cuántas se guardaban en una caja fuerte de ese tamaño?
¿Tenían las casas construidas en 1928 a semejanza de un barrio suizo una caja fuerte de marca CASA Y MATA?
Dos horas más tarde, cuando vuelvo a pasar, la puerta está cerrada, las ventanas selladas.
Y no hay nada en la vereda.
Hay una casa que se construyó en 1928 que el domingo a las 10 de la mañana está completamente cerrada.

Temporada alta

CapturaHay una chica, sentada al lado de la puerta, con las uñas pintadas de azules y un tatuaje en el brazo izquierdo que dice: las cosas pequeñas.
Hay una mujer, parada atrás mío, que lee la Guía de Estudios Universitarios.
Y hay mucha gente, con el celular en la mano.
Escriben: El subte está parado, No anda el subte, Llego un poco tarde.
Estamos detenidos en la estación. Del otro lado hay gente que no sube y, en el vagón, alguna, poca, que baja.
También hay una nena, agarrada a un pequeño pony verde agua que llora porque tiene sed.
Por el altavoz anuncian lo que ya sabemos: que la línea B está demorada.
El silencio inicial empieza a deshacerse en quejas, en preguntas, en hipótesis.
Que detuvieron a un carterista y están esperando a la policía un par de estaciones más adelante.
Que alguien se descompuso y están esperando que llegue una ambulancia.
Que nos lo hacen a propósito.
Yo me acuerdo de una conversación, a fines del año pasado, con el guarda de la estación Malabia, una tarde que tuvimos que bajarnos del subte porque alguien se había tirado a las vías: Diciembre es temporada alta de suicidios.
Los minutos pasan y la gente mira la hora en sus muñecas o en sus celulares.
Tenemos un problema en el patín de la zona de cambio en la estación Medrano, suena, por fin, la voz en el altoparlante. La suspensión de la línea B será prolongada.
Se escucha el suspiro general, que conozco bien, antes de que todos salgamos disparados, buscando un colectivo, una cola eterna, compartir un taxi.
En las florerías de Chacarita es temporada de jazmines.
Zona de cambio.
Temporada.
Noviembre.
Diciembre.
Cruzo Federico Lacroze y camino, Corrientes abajo.