Segunda sección

Captura de pantalla 2014-01-13 a la(s) 08.57.05Desde que salgo creo que es una mala idea pero me conformo pensando que, de todos modos, no tengo una buena, ni siquiera una levemente mejor.
La idea de los mosquitos, de la falta de conectividad, de ser -por 48 horas- invitada sacan lo peor de la neurótica que hay en mí.
Pero voy.
Temprano manejo hasta Tigre, busco un estacionamiento hasta el día siguiente, cruzo hasta la Estación Fluvial y saco el boleto para la lancha colectiva que me va a llevar hasta la segunda sección.
No hace calor pero antes de encarar la cola compro una botella de agua y dudo acerca de si no sería mejor tener dos. O tres.
En la cola hay familias con heladeritas, adolescentes con guitarra, señoras mayores tremendamente bronceadas y a las que las carnes se les escapan por todos los costados de la malla.
Hay una parejita con la chica demasiado producida para una salida a una isla, me parece.
Y hay un hombre, un poco más atrás, que me llama la atención, como si lo hubiera visto, antes, en algún sitio.
Como si lo conociera de hace mucho.
Lo miro y me mira. Y entonces yo vuelvo a mi botellita de agua, reviso las especificaciones del boleto, me pregunto cómo hizo la mujer que está delante mío para hacerle a su hija una trenza cosida así de prolija.
La cola avanza.
Hay alguien en la lancha que espera a uno por uno para cortarle el boleto y ayudarlo a subir, aunque las posibilidades de caer al agua son realmente nulas, incluso para mí que destaco por la torpeza.
Me ubico en uno de los bancos largos, pegados a la ventana. Al lado mío hay dos chicos brasileños y dos viejas con canasta de mate.
El hombre está del otro lado, también en los bancos sobre la ventana. Un poco más adelante.
Me mira.
Se saca los lentes negros; yo me pongo los míos hacia atrás, como si fueran una vincha.
¿Lo conozco? ¿Me conoce?
Vuelvo al agua mineral y tomo como ahorrando la mitad que le queda.
No me gusta el paisaje pero sí el viento del río en la cara.
¿De dónde lo conozco?
Un bebé, en los asientos del medio, llora a grito pelado.
Él sabe que me conoce, pero tampoco sabe de dónde.
Cuando llego a mi muelle lo veo mirarme bajar, con la cabeza hacia atrás en la ventana.
Cuando logro olvidarme de que el celular pierde la señal, del ruido de los bichos contra los mosquiteros y de que me olvidé en Buenos Aires el libro que estoy leyendo, el fin de semana avanza sin sobresaltos.
Pienso en el tipo, con y sin anteojos negros.
Pienso en de dónde lo conozco.
Y de dónde pensará él que me conoce.
Cuando me subo a la lancha colectiva, al día siguiente, las únicas caras familiares son las de la parejita joven.
Un día en el Delta le arruina el peinado hasta a una chica de 20 años.

Caracoles en VHS

A mí no me pasa.
O sí.
No me pasa con el año, como a otra gente.
Esa necesidad de deshacerse de cosas.
De hacer lugar.
A mí no me pasa, pero pasa en mi barrio.
Estos días especialmente.
Entonces salís a la calle y te encontrás con un sillón destartalado.
Con un perchero de metal.
Incluso con el pie de fundición de una máquina Singer original que arrastrás hasta tu casa debajo del sol rajante de un domingo de noventa mil grados.
Hay puertas de placares.
Y hay cajones abandonados sin nada adentro.
Hay lluvias de verano.
Y hay casas en las que sabés que hace años que no vive nadie.
Y entonces una tarde salís a caminar Y en la puerta de una de esas casas en las que sabés que hace años que no vive nadie, ves los tres VHS: dos de X-Files y otro que, quién sabe cómo, promete tener adentro El discreto encanto de la burguesía, El extraño mundo de Jack y Sueños en Arizona.
2014-01-02 17.19.15VHSs que alguna vez fueron vírgenes y en los que alguien grabó ¿directamente de la televisión? unas cuantas películas.
También hay tres caracoles, típicos pos tormenta: uno por cada cassette.
Y entonces pensás en quién grabó esos VHS.
O en quién se los grabó a su último dueño.
Pensás en cuánto hace que no tenés VHSs.
Ni una máquina para reproducirlos.
En los caracoles y en la próxima lluvia de verano, que borrará lo que de todas maneras ya no se puede o no importa ver.
Y en quién sacó a la calle lo que estaba en una casa que sabés que está vacía.
Solamente porque empieza el año.
Empieza el año y hay que hacer lugar.