Fotos grabadas

La vimos varias veces: diez, doce, trece
Formaba parte del paisaje habitual de las caminatas de domingo.
Mi amiga y yo salíamos temprano, mucho más de lo que las personas normales consideran temprano un domingo.
Bordeábamos el predio de Agronomía y después entrábamos por la puerta de Constituyentes. Cruzábamos la vía hasta la salida de Nogoyá y nos metíamos en el barrio Rawson antes de emprender el regreso, hasta cumplir los seis kilómetros aproximados que nos poníamos como meta mínima.
A los pocos domingos ya teníamos armada la galería de personajes: el hombre que volaba, la chica de las verticales, las mujeres de las gatas (que las primeras veces no se conocían y después se iban juntas después de alimentar y acariciar al gaterío), el hombre que corría con short y zapatos de vestir.
Y la viejita.
A la viejita la cruzábamos siempre en la zona del barrio Rawson.
No sé cuántos años tenía, seguramente mil. Usaba un vestido floreado de verano abotonado adelante y una especie de híbrido entre chinelas y ojotas. Y estaba eso que llevaba, apoyado en el hombro, pegado a la oreja derecha.
La viejita me habló el día en que me paré a sacar la foto.
Yo sabía cuál era la casa en la que había vivido Cortázar y quería hacer una toma razonable, en la que se viera también el jacarandá florecido, para mandársela a un amigo.
Mi amiga y yo probamos varios puntos, desde la plazoleta Carlos de la Púa y peleamos con los celulares hasta que nos pareció que teníamos un par de fotos razonables. Cuando ya nos íbamos la vimos, sentada en uno de los bancos.
Nos llamó con un chistido y me habló a mí.
Me preguntó si sabía de quién era la casa y le dije que sí.
Pareció desilusionarse, como si le hubiese quitado de repente elementos para su clase magistral.
Quiso saber por qué sacábamos fotos y mi explicación también le pareció poca cosa.
Seguía sosteniendo, entre el hombro y la cabeza, el aparato, que, me di cuenta en ese momento, era un grabador antiguo, de los de pianito.
Él estaría muy triste, dijo. Era un patriota.
Mi amiga me hizo señas.
Ya los jóvenes no son jóvenes, siguió, estaría muy triste.
Le agradecí, la saludé y seguimos caminando.
Ni loca le aceptaría un bombón, le dije a mi amiga, que me captó el guiño al vuelo y se rió.
En las caminatas siguientes la vimos varias veces: algunas en la plazoleta, otras encorvada, avanzando por la vereda.
Nunca volvió a hablarnos, pero nosotras no dejamos nunca de hablar de ella. Hicimos hipótesis sobre el aparato que llevaba. Y dijimos que era, seguramente, de algún tipo de aparición atemporal. Que no podía ser otra cosa.

2013-10-27 08.34.34Hace unos días, con el buen tiempo volvió la temporada de caminatas.
Las amigas gateras ahora llegan caminando juntas.
El hombre de los zapatos cambió los negros por mocasines marrones.
La chica de las verticales parece haber mejorado la técnica.
El señor que vuela engordó varios kilos.
La viejita no está.
Yo sólo puedo pensar si alguien guardó su grabador.

Tornú

Todos los que vivimos en Agronomía sabemos que conseguir un cajero automático es un problema.
Está el de Banco Galicia, en Av. de los Incas y Ávalos; el bastante nuevo de Santander, al otro lado del predio de la facultad, casi a la altura de San Martín y Nogoyá, en la boca del Barrio Rawson.
Y está el del Hospital Tornú, sobre Combatientes de Malvinas, justo al lado de la garita de seguridad en la puerta principal.
Y casi nada más.
En rigor, el que me queda más cerca es el del Tornú, pero sólo en días de semana, porque la puerta que atraviesa el hospital por el centro y desde atrás hasta la entrada principal está abierta y me permite cortar camino y evitar toda la vuelta infinita, por Chorroarín o por Campillo.
Pero es jueves, y aunque el día está espantoso y por momentos además del frío lo gana la llovizna, la mejor alternativa, hoy, es el cajero del Tornú.
Así que me pongo el piloto de yeti y, sin paraguas, como corresponde, camino la cuadra y media que me separa de la puerta trasera del Tornú, sobre Ávalos, y camino, por la calle central del hospital, hacia la entrada principal.
Hay cola. Es el último día hábil del mes, me doy cuenta. Es una cola con mujeres y hombres con alguna clase de delantales: médicos, enfermeras, extraccionistas. El cajero automático del Banco Ciudad es uno de esos que algún gobierno municipal anterior instaló en los edificios con superpoblación de empleados públicos para simplificar los pagos.
Hay una persona adentro de la cabina azulada, cuatro delante mío y, muy rápidamente, otras tres a mis espaldas.
Llovizna, pero la gente se queda.
Es lento este cajero, comentan las dos mujeres que tengo atrás. Pregunta demasiado, insisten y a mí me causa gracia la personificación.
Delante mío hay un tipo con un ambo médico celeste, como si hubiese salido de hacer una cirugía. Yo me pongo la capucha y sé que se me acentúa la imagen de yeti y él me guiña el ojo. Debe tener unos 45 años. El pelo largo, como si no pasara los 25, no lo favorece nada.
No sólo es el cajero, es la gente, me dice.
Yo me río.
En serio, sigue él. Quince años que estoy acá, te lo firmo.
Hace un tiempo yo escribí un cuento que transcurría en el Tornú. Surgió, como muchas veces esas historias, a partir de la visita a un enfermo en el área de Cuidados Paliativos. El relato, después, contaba la historia de una mujer que acompañaba durante varios días a una amiga que tenía internada a su madre en el hospital.
Recuerdo que en esa época recorrí varias veces los distintos pabellones, la capilla y la biblioteca.
El Tornú fue el primer hospital para tuberculosos de la ciudad y se fundó en 1904. Se llama así en honor a Enrique Tornú, pionero en la investigación de tratamientos climatológicos para la tuberculosis.
El diseño de los pabellones, con grandes terrazas orientadas de noroeste a sudeste, se realizó para que los enfermos se asolearan y estuvieran protegidos del viento y los jardines fueron diseñados por Carlos Thais, de modo que hubiera flores en todas las estaciones.
En 1925 se inauguró la maternidad y un servicio de lactantes para enfermas tuberculosas, que permanecían internadas por años. Ese pabellón está, hoy y desde 1977, completamente abandonado y a punto de venirse abajo.
¿Quince años?, le digo al tipo. ¿Conocés el pabellón abandonado?
Me mira y pone cara de no entender.
El que era la maternidad, respondo.
Frunce la frente.
No tengo idea de de qué me estás hablando, contesta.
Entra en la cabina azul. Yo dejo la cola, que creció bastante. Camino hacia la izquierda, por dentro del hospital.
Abandonada y todo, me tranquiliza ver que la antigua maternidad sigue ahí, todavía en pie.
O, al menos yo, la veo.

Ingreso al Pabellón de Maternidad y Lactantes para enfermas con  tuberculosas.

Ingreso al Pabellón de Maternidad y Lactantes para enfermas con
tuberculosas.

Lateral del Pabellón de Maternidad y Lactantes para enfermas con  tuberculosas en la actualidad.

Lateral del Pabellón de Maternidad y Lactantes para enfermas
tuberculosas en la actualidad.