Casa y mata

Hay un barrio que los domingos a las siete y media de la mañana es todo silencio.
Fue uno de los proyectos de barrios planificados por la Comisión de Casas Baratas, en 1915.
Tiene nueve edificios de departamento (viviendas colectivas), bordeados por un parque, y 104 casas individuales y fue construido entre 1928 y 1930 por una empresa alemana que se inspiró en un barrio suizo e inaugurado en 1934.
En un primer momento las propiedades se otorgaron con un pago mensual que era como un alquiler o cuota de venta y existía una cláusula por la cual no podían ser reformadas.
Hay una suerte de arreglo implícito, que permanece hasta hoy, de  vender las casas sólo a familiares cercanos o a amigos, así que es difícil encontrar carteles de venta en el Barrio Rawson.
Así que los domingos a las siete y media de la mañana las casas están cerradas y, como mucho, te encontrás con los perros que duermen en los jardines al frente y que, si están en vena, te ladran cuando pasás.
Dan ganas, en esta época, de meter la mano entre las rejas y robar jazmines.
Hasta que te cruzás con una casa abierta.
Hay un barrio, que los domingos a las siete y media está cerrado y silencioso y que este domingo tiene una casa abierta.
En la puerta de la casa hay algo que parece una heladera antigua.
Pero no es.
Las puertas, abiertas de par en par igual que las ventanas del primer piso muestran habitaciones vacías y, en el fondo, dos obreros trabajando con palas inmensas.
La heladera antigua, en la puerta, no es una heladera antigua.
La heladera antigua en la puerta es una caja fuerte.
En el frente tiene una chapa de bronce descolorido que dice CASA Y MATA.
La puerta de la caja se abre.
Pero está vacía.
Captura
¿Qué cosas y cuántas se guardaban en una caja fuerte de ese tamaño?
¿Tenían las casas construidas en 1928 a semejanza de un barrio suizo una caja fuerte de marca CASA Y MATA?
Dos horas más tarde, cuando vuelvo a pasar, la puerta está cerrada, las ventanas selladas.
Y no hay nada en la vereda.
Hay una casa que se construyó en 1928 que el domingo a las 10 de la mañana está completamente cerrada.

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Fotos grabadas

La vimos varias veces: diez, doce, trece
Formaba parte del paisaje habitual de las caminatas de domingo.
Mi amiga y yo salíamos temprano, mucho más de lo que las personas normales consideran temprano un domingo.
Bordeábamos el predio de Agronomía y después entrábamos por la puerta de Constituyentes. Cruzábamos la vía hasta la salida de Nogoyá y nos metíamos en el barrio Rawson antes de emprender el regreso, hasta cumplir los seis kilómetros aproximados que nos poníamos como meta mínima.
A los pocos domingos ya teníamos armada la galería de personajes: el hombre que volaba, la chica de las verticales, las mujeres de las gatas (que las primeras veces no se conocían y después se iban juntas después de alimentar y acariciar al gaterío), el hombre que corría con short y zapatos de vestir.
Y la viejita.
A la viejita la cruzábamos siempre en la zona del barrio Rawson.
No sé cuántos años tenía, seguramente mil. Usaba un vestido floreado de verano abotonado adelante y una especie de híbrido entre chinelas y ojotas. Y estaba eso que llevaba, apoyado en el hombro, pegado a la oreja derecha.
La viejita me habló el día en que me paré a sacar la foto.
Yo sabía cuál era la casa en la que había vivido Cortázar y quería hacer una toma razonable, en la que se viera también el jacarandá florecido, para mandársela a un amigo.
Mi amiga y yo probamos varios puntos, desde la plazoleta Carlos de la Púa y peleamos con los celulares hasta que nos pareció que teníamos un par de fotos razonables. Cuando ya nos íbamos la vimos, sentada en uno de los bancos.
Nos llamó con un chistido y me habló a mí.
Me preguntó si sabía de quién era la casa y le dije que sí.
Pareció desilusionarse, como si le hubiese quitado de repente elementos para su clase magistral.
Quiso saber por qué sacábamos fotos y mi explicación también le pareció poca cosa.
Seguía sosteniendo, entre el hombro y la cabeza, el aparato, que, me di cuenta en ese momento, era un grabador antiguo, de los de pianito.
Él estaría muy triste, dijo. Era un patriota.
Mi amiga me hizo señas.
Ya los jóvenes no son jóvenes, siguió, estaría muy triste.
Le agradecí, la saludé y seguimos caminando.
Ni loca le aceptaría un bombón, le dije a mi amiga, que me captó el guiño al vuelo y se rió.
En las caminatas siguientes la vimos varias veces: algunas en la plazoleta, otras encorvada, avanzando por la vereda.
Nunca volvió a hablarnos, pero nosotras no dejamos nunca de hablar de ella. Hicimos hipótesis sobre el aparato que llevaba. Y dijimos que era, seguramente, de algún tipo de aparición atemporal. Que no podía ser otra cosa.

2013-10-27 08.34.34Hace unos días, con el buen tiempo volvió la temporada de caminatas.
Las amigas gateras ahora llegan caminando juntas.
El hombre de los zapatos cambió los negros por mocasines marrones.
La chica de las verticales parece haber mejorado la técnica.
El señor que vuela engordó varios kilos.
La viejita no está.
Yo sólo puedo pensar si alguien guardó su grabador.