Brooklyn downstairs (IV)

Captura de pantalla 2013-07-28 a la(s) 08.22.04 Susan no pasa del metro cincuenta. Tiene algo en el ojo derecho. La mujer no termina de darse cuenta de si está ciego o apenas extraviado. Se mueve despacio, con el hombre siguiéndola.
La mujer los escucha hablar en un slang muy cerrado, del que apenas capta algunas palabras sueltas: time, answer, hurry, ass.
Piensa que está completamente loca. Que acaba de perder siete dólares y el tiempo que tenía para recorrer la ciudad en soledad.
Mira el reloj.
Entonces Susan se calla.
El hombre se calla.
Otra vez le sonríe. Se le acerca. Le pasa la mano alrededor de la cintura.
Ella nota de golpe el calor que hace.
Siente la transpiración en las raíces del pelo, que tiene recogido en un rodete desprolijo, agarrado con un gancho imitación carey.
Siente la mano del hombre, a través de la musculosa de algodón y le parece que está fría. Él la empuja apenas, como para indicarle que avance y ella da un paso.
Susan,  adelante, atraviesa una puerta con cortina a lunares, como de baño. El hombre y ella la siguen.
La habitación es diminuta, con una mesa ratona en el centro.
Susan se ubica a uno de los lados y apoya la espalda en la pared. Después corre un florero y lo coloca en el piso. La mujer no está segura de si las flores que contiene son artificiales o simplemente espantosas.
El hombre suelta la cintura de la mujer y ella se siente vagamente desamparada. Le trae un almohadón anaranjado y sucio y le señala que se siente. Él, en otro de los extremos, se pone en cuclillas.
Susan la mira.
Extiende los dos brazos y ella se da cuenta de que tiene que extenderle los suyos.
La toma de los codos y le toca con suavidad las dos manos hasta llegar a las palmas. Después descarta la derecha y le apoya la izquierda sobre la mesa.
Susan habla en inglés.
La mujer mira al hombre.
Estás muy asustada, dice él.
Eres otra.
Estás clausurada.
Ella tarda un segundo en entender que está traduciendo lo que Susan dice.

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Brooklyn downstairs (III)

El hombre le habla en inglés, muy rápido y la mujer hace un esfuerzo por entender qué le dice. Ladea la cabeza, apenas a la derecha, como si por sí solo el gesto garantizara la comprensión.
Él la mira. ¿Español?, le dice y ella asiente.
Le resulta difícil calcularle la edad. Tiene puesto un jean celeste lavado muchas veces pero impecable y una remera negra de manga muy corta que le marca los bíceps.
La mira a los ojos.
¿Manos o cartas?, le pregunta.
La mujer no sabe qué contestar.
Tengo poco tiempo, dice al final.
Le parece que él le mira el escote y siente un escalofrío.
Susan ya viene, contesta él. Manos y cartas por 7 dólares.
La mujer presta atención a la boca del hombre y le parece que tiene la dentadura perfecta.
Se lleva la mano a la cartera y tantea la billetera.
¿Manos y cartas?, vuelve a decir él mientras la mira de nuevo, de arriba a abajo.
Sí, responde ella.
Él le sonríe otra vez.
Y porque eres tan linda le pediré a Susan que te permita una pregunta secreta, dice.

 

Brooklyn downstairs (II)

La mujer mira el reloj y calcula a cuánto equivalen 5 dólares en moneda argentina.
Después vuelve los ojos al cartel.
Da vuelta su mano izquierda, con las líneas bien marcadas.
Se acuerda de que su abuela decía que sabía leer las manos. Y curar la culebrilla. Había aprendido en Entre Ríos, de chica. Ella nunca estuvo segura de que eso fuera cierto, pero le gustaba la historia.
Recuerda también el relato de su madre sobre la gitana que le leyó la buenaventura en un umbral de Muñiz y Belgrano y le dijo que se iba a casar con su padre. Y que moriría a los cuarenta.
Dos tiros, dos aciertos, la gitana, piensa ahora la mujer. Y se pregunta también, mientras mira de nuevo el cartel, qué otras cosas le dijo a su madre ese día en el umbral de Caballito.
La escalera es empinada, le parece.
Empinada hacia abajo: un contrasentido.
Asomado, al fondo, hay un hombre que le hace un gesto con la mano.
La mujer mira hacia la calle.
Y avanza el primer escalón hacia abajo.

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Brooklyn downstairs (I)

La mujer y su hijo caminan por Brooklyn.
Hace mucho calor, pero de todos modos cruzaron el puente a pie, sacaron las fotos de rigor y se perdieron buscando el mirador a Manhattan.
En un kiosko de Montague St. la mujer compra una Mountain Dew. El hijo le pregunta qué es y ella responde que le va a gustar, que en una época había Mountain Dew en Buentos Aires.
Al rato llega la hora del acuerdo. Ya lo probaron el día anterior y salió bien, así que hoy están dispuestos a repetirlo.
El hijo quiere ir a unos negocios de videojuegos en Ocean Ave. y ella se propone recorrer el downtown, caminar por Brooklyn Hights y parar en Willow Place para descansar sin pensar en nada.
Así que el plan es ese: sincronizan los relojes, chequean que los celulares estén encendidos y que tengan batería y acuerdan reencontrarse en la última columna de la Municipalidad una hora y media más tarde.
Cuando se separan, la mujer se distrae con una librería de usados, en dirección contraria a su paseo. Entra, revuelve y sale. Decide avanzar por esa calle, dar la vuelta manzana y retomar su camino hacia el río.
El cartel está apenas unos metros antes de llegar a la avenida.
Ella se detiene a leerlo.
Al lado del cartel hay una puerta y una escalera hacia abajo.

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