On the road

Captura de pantalla 2013-10-13 a la(s) 08.31.24Tenés que empezar a volver.
Entonces, en lugar de salir el domingo para Montréal, decidís que mejor hacerlo el sábado a la nochecita. La idea es cenar con tu amiga y pasar con ella el domingo completo. Después, a la noche, estás invitada a la cena previa al Jour de l’Action de grâce, que en Canadá se festeja el segundo lunes de octubre.
Así que el día empieza con el plan de aprontar las últimas cosas, escribir un rato, asistir a la inauguración de la muestra de arte de una de las personas que conociste, almorzar con la mujer que te alojó y subirte al bus que te devolverá a Montréal.
Ese es el plan.
Pero la mañana empieza con un golpe en la cabeza (en la frente, del lado derecho, más exactamente) cuando te llevás puesto uno de los bajos de tu habitación con la energía inusitada que a veces le ponés a cosas tan simples como guardar el secador de pelo en la mochila.
Te duele.
Le ponés agua fría.
Más agua fría.
Pensás en que se pondrá violeta y bajará al ojo y te imaginás las cosas que te van a preguntar cuando llegues, así que por las dudas abandonás tu raya al costado habitual y te peinás al medio, cuidando que la parte más corta del flequillo oculte el lado derecho de la frente.
El caso de la mujer autogolpeada.
A las seis menos cuarto te avisan que es hora de irse.
El bus no pasa por el pueblo y hay que ir a esperarlo a uno cercano, Sainte-Adele, donde se detiene a las 18.30 en punto al borde de la ruta.
Compraste el billete hace unos días y te reíste de que no tuviera ni fecha ni horario: podías tomar cualquiera, cualquier día, a cualquiera de las horas que pasaba.
Así que te subiste al auto y te llevaron a Sainte-Adele.
Al borde de la ruta de Sainte-Adele.
Te bajaste, te despediste.
Era temprano, las seis y diez, hacía un poco de frío y empezaba a oscurecer.
Miraste pasar los autos, a un lado y al otro hasta que se hicieron las seis y treinta y dos.
Entonces pensaste que dos minutos no eran nada.
Hasta que los minutos no fueron dos sino quince.
Se hizo de noche, en la ruta, mientras pasabas de mirar la hora en tu muñeca a mirar la misma hora en tu celular.
Las siete, las siete y cinco, las siete y siete, las siete y diez.
Estabas sola, con tu mochila, en la ruta mirando el reloj.
Pensaste que quizá no había modo de volver, que era, otra vez, una señal de alguna cosa.
El micro llegó a las siete y cuarto.
El chófer se bajó y te dijo, en francés, que sabía que estaba atrasado pero que había demasiado tránsito.
Así que subiste rápido y encontraste el único asiento individual vacío que quedaba.
Pusiste la mochila a tus pies.
Y te tocaste el golpe en la frente.

Fuego en Saint-Jovite

2013-10-08 11.54.51Me cuentan la historia, pero la historia no está escrita en las paredes que cuentan la historia.
La historia que me cuentan dice que nadie quería quedarse en Saint-Jovite.
Se quedaban los meses de primavera, los de verano. Se iban cuando las temperaturas bajaban de cero, se instalaban en Nueva Inglaterra y allí se establecían.
Las bondades y las maldades del clima.
Antoine Labelle era el párroco y no encontraba manera de retener a la gente en la zona.
Insistía, pero el esfuerzo era inútil.
Hasta el incendio.
Cuentan -me cuentan- que el incendio fue en 1867 y que arrasó con los bosques.
Y que Antoine Labelle reunió a la poca gente que quedaba y que se preparaba para dejar el lugar definitivamente y que les habló de una señal: la tierra había sido arrasada para instalar un pueblo y había que empezar por emplazar la iglesia.
Debe haber sido contundente porque logró que se quedaran.
O bien aquello de que las señales divinas siempre han tenido buena prensa.
La iglesia, que fue levantada en 1869, tiene un museo que honra a Labelle y a los pioneros: no menciona el episodio del fuego y la arenga del cura.
El pueblo, hoy, es próspero.
Cuando pregunto de qué vive esa gente me responden: droga.
Insisto y se ríen, no contestan.
Tiene un cementerio apartado, que se parece en su disposición al de Sainte-Agathe-des-Monts y que visito a la salida.
No encuentro ninguna lápida de alguien que haya vivido menos de ochenta años.
Señales, dicen.