Catedral

ImagenCórdoba está llena de iglesias, pero la Catedral es la Catedral.
Tengo idea de haberla visitado, hace unos cinco años, en un viaje, otra tarde de sol de noviembre en que hacía muchísimo más calor que esta vez.
¿Querés que entremos?, le pregunto a mi compañera de viaje.
Son las seis y media de la tarde y no tenemos nada mucho mejor que hacer: ya nos escapamos del Congreso al que no volveremos hasta mañana, ya recorrimos el centro y todavía falta un buen rato para cenar.
Subimos las escaleras.
Antes de entrar, a los costados de la galería, vemos la tumba del Deán Funes, a la izquierda, y la del Gral. Paz, a la derecha.
La edificación es imponente.
Demasiado, me parece.
Tengo la sensación de se les pasó un poco la mano con el ornamento y no consiguieron mantener un estilo uniforme.
Imposible culpar a alguien en un edificio de 1580.
Mi amiga se persigna y avanzamos con paso lento hacia uno de los lados, mirando los altares menores, las paredes y la cúpula.
Entonces escuchamos el grito.
El grito es el grito de un chico.
Nos damos vuelta y lo vemos.
Debe tener por lo menos diez años o doce años y está tirado encima del último de los bancos del lado izquierdo.
Grita y patalea.
No sé lo que tiene, pero estoy segura de que es cualquier cosa menos un berrinche.
Un hombre de unos cincuenta años que tal vez sea su padre trata de calmarlo, entre las palabras y la fuerza mientras el chico sigue gritando algo ininteligible y dándose la nuca contra la madera una y otra vez.
El resto es silencio y gente detenida en sus lugares, tan inmóvil como los muñecos de santos, vírgenes y mártires.
El hombre levanta al chico en brazos y se lo lleva, todavía a los gritos, casi corriendo.
Y así, de golpe, ya no hay nada que valga la pena mirar.

 

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El último congreso

2013-11-08 17.19.18-1No estoy cómoda.
Tampoco es el lugar donde quiero estar. No sé si alguna vez lo fue realmente. En un tiempo al menos creí que sí.
Al menos.
Hace bastante que la vida académica en sí me interesa poco: la trama política que implica me aburre y los temas que se analizan me parecen viejos o absurdos. O las dos cosas.
Aunque me sigue gustando, eso sí, la parte de dar clase.
Igual vengo.
Vengo porque hay que venir, a pesar de que el paseíto a Córdoba en medio de noviembre me parte al medio. Me subo con una compañera de trabajo a un micro ultracama y nos tomamos con toda la soda que podemos el congreso que la universidad nos exige para mantenernos la dedicación semiexclusiva.
Así que el viaje empieza con la llegada al hotel, simple y correcto, y continúa con el camino hasta la sede, a unas veinticinco cuadras, que me emperro en hacer a pie.
La Ciudad Universitaria cordobesa es simpática y limpia. Los jacarandás y los lapachos amarillos explotan de flores y sopla ese viento seco que levanta tierra y se te pega en las piernas mientras no encontramos el bendito edificio de la Facultad de Lengua.
Yo todo lo veo mal y me cuesta reírme de mí misma. Mi peor estado.
Finalmente logramos llegar, acreditarnos y recibir la valijita de tela de avión azul eléctrico y el collar con cinta de bandera argentina y nuestros nombres que nos identificará por los pasillos durante dos días.
Es la hora del coffee break, así que nos hacemos de uno de esos cafés que ya vienen azucarados y de unos alfajores regionales minúsculos y recorremos los stands de librerías temáticas buscando alguna cara conocida.
Hay algunas. Esa gente con la que uno trabajó y se alegra de ver y también esa gente con la que uno trabajó y saluda de compromiso.
La conferencia plenaria también me decepciona.
Y así pasa una mañana en lo que lo único que me hace ilusión es el almuerzo.
El bar que está cerca de los pabellones en que se hace el Congreso es una de esas construcciones hechas mayormente de vidrio.
El calor es extremo, aunque los dos aires acondicionados están encendidos. Y la comida es barata y aceptable.
El que me ve es él.
Se levanta, desde la mesa de al lado, y nos saluda a las dos.
Y entonces nos la señala.
Yo pensé que ella ya no venía a Congresos y me pregunto cuántos años tiene. ¿Noventa?
De punta en blanco, parece concentrada en su comida.
Tengo una dura tarea, me dice él y yo entiendo que es una especie de caballero de compañía o acompañante terapéutico.
Me acerco a saludarla y me saluda, aunque no creo que me recuerde.
Hace mucho, más de quince años, me pidió que escribiera lo primero que publiqué en la facultad: un material didáctico sobre implícitos y sobreentendidos.
Un tiempo en el que yo creía en eso.
Pero me saluda como si supiera quién soy. Siempre, ella, una señora.
Es su último congreso y lo sabe, me dice él,  en un aparte.
La miro concentrarse, de nuevo, en su plato de comida.
Nuestro último congreso.