Señorita Elsa

Pero tu esposa –dijo ella.
e. e. cummings

No quiero mirar el reloj. Eso es lo que tengo que hacer. A veces eso funciona. No mirar el reloj y tratar de perder la noción de todo. Sé que es de día. Las persianas no dan para tanto y dejan pasar un hilo de luz en el que yo puedo adivinar el paso de las horas. También sé que es sábado y que el teléfono no suena.

Quisiera pensar en otra cosa, leer una novela, corregir las pruebas. Antes hacer cosas servía, limpiaba la cabeza. Pero ya no. Eso fue hace mucho.

En algún momento tuve diez años menos que Lena. Los sigo teniendo pero en algún momento esos diez años importaban, o eran el determinante de algo. Después de los cuarenta y cinco ya no importa mucho cuántos años tengas y la distancia se acorta aunque siga siendo exactamente la misma. Ni hablar de a los cincuenta y tres.

Cuando Julio empezó los arreglos de albañilería a pedido de la cooperadora de la escuela yo tenía treinta y seis y Lena cuarenta y siete. Yo los conocía a los cuatro: Natalia, la hija menor de Lena y Julio, estaba terminando sexto y había sido alumna mía en segundo grado y Fernando, el mayor, había egresado un par de años antes.

Permiso señorita, decía Julio para pasar al aula y a mí me causaba gracia. Era cuidadoso y casi nunca hacía ruido, como si fuera capaz de hacer las cosas que requerían muchísimo prácticamente en silencio. Sentada en el aula vacía, con la pila de cuadernos para corregir o el registro para completar, a mí me parecía que el lijaba las ventanas con cuidado, casi como una música. Y me sentía acompañada.

Yo nada más me había ido quedando sola. Cuando lo pienso, aun ahora, tantos años después, no sé muy bien cómo pasó. Fue casi natural. Un día fue imposible sostener la vida con papá en casa y en alguno de sus pocos momentos de lucidez él habilitó la internación. Yo no quería, creía que podía manejarlo: la escuela a la mañana y atenderlo a la tarde, a la noche. Eran apenas unas horas afuera. Eso estuvo bien hasta la primera vez que se perdió y tuve que dejarlo encerrado. Yo corregía. Corregía para no pensar y un poco eso servía. Pero después papá se empezó a poner violento. Trataba de pegarme. No me reconocía y después sí. O me confundía con mi mamá y no había manera de explicarle que yo no era mi mamá, que yo a mi mamá no la había conocido. Entonces pensaba en internarlo para que lo cuidaran bien y en cuanto eso me pasaba por la cabeza él parecía mejorarse y yo volvía a creer que podía con todo, que hacía tantos años que vivíamos los dos solos que con nadie iba a estar mejor que conmigo. Pero en algún momento, no sé exactamente cuándo, empecé a tener miedo. Me parecía que un mediodía iba a llegar a la puerta del edificio y me lo iba a encontrar muerto sobre el asfalto. O que una mañana iba a olvidarse abierta la llave de gas. Y además, estaba lo que decía. Y que yo no podía saber qué de todo eso se correspondía con qué parte de su vida, o con quién. Ni siquiera si estaba diciendo la verdad o era todo parte de lo que él se creía, así como a veces decía que yo era la cocinera, la manicura, la profesora de clarinete, además de mi madre, su hermana, mi abuela. Y en medio de eso, una noche él me gritó: Elsa, ¿no te das cuenta de que acá no puedo estar? Y yo interpreté lo que quise y no me pregunté si era o no parte de su delirio. En ese momento no me lo pregunté. Después sí, todo el tiempo. Ahora mismo, cuando ya no tiene sentido, también.

Creo que hoy está nublado. Por la rendija de la persiana no se ve azul, aunque sí claro. Es más difícil calcular, entonces. Saber cuándo pasó el mediodía, cuánto falta para que anochezca.

Tampoco sé bien cómo fue que empezó lo de Julio. No lo supe entonces y no lo sé ahora. Puedo armar un relato que parezca coherente, pero la verdad es que no estoy segura de no estar omitiendo algún dato importante. Cuando Julio empezó los arreglos en la escuela yo hacía más o menos dos años que había internado a papá. El departamento, de golpe, era demasiado grande para mí. Ya había sido grande para los dos, pero igual yo no me moví, alimentando la fantasía de que la enfermedad era pasajera, de que podía volver. En todos los sentidos de volver. Pero papá no volvió y yo me quedé sola.

Un día tuve la sensación de que Julio se demoraba con los arreglos de mi aula más de lo debido. Había algo, como una dedicación excepcional que no se condecía con la de ningún padre que viniera a la escuela a dar una mano. Pero a mí me gustaba cruzármelo en la escalera u ofrecerle un té, porque había empezado a hacer frío. Ahora que lo pienso, creo que esa fue la primera conversación, la de las manos heladas. ¿Sabe qué pasa, señorita?, tardo tanto porque se me enfrían las manos y es complicado ser prolijo con las manos tan frías. Y entonces yo pensé en las manos de él, en esas manos grandes entre rústicas y precisas. Y pensé, me acuerdo, cómo sería tener las manos tan frías. Yo siempre tengo las manos calientes. Parecen planchitas, me decía mi papá cuando era una nena. Yo quería que las manos de Julio, heladas, al menos me rozaran. Entonces preparaba un té. Lavaba mi taza hasta sacarle brillo, hervía el agua en la pava gigante de la escuela y la vertía en la taza hasta que se entibiaba. Después renovaba el agua, ponía un saquito, me preocupaba de que el té no quedara demasiado suave ni demasiado fuerte, aunque no sabía cómo le gustaba a él.

A vos de mi familia no te importó nunca una mierda, me dijo Natalia la primera vez que llamó, hace como diez años. Yo me quedé muda en el teléfono. ¿Cuánto hacía que Natalia lo sabía? ¿Por qué de golpe había decidido hablar conmigo, aunque fuera para decirme cuánto me odiaba? Lena, en cambio, nunca me dijo una palabra. Y tampoco Fernando. Natalia sí. Desde esa primera vez, Natalia no dejó de llamar. Lo que decía variaba: a veces nada más lloraba en el teléfono; otras me llamaba puta de barrio; una tarde me dijo que yo a su papá no lo quería porque nadie que lo quisiese podría odiar a su esposa. También me llamó asesina. La vas a matar, me dijo. Ese cáncer que tiene ahora mi mamá tiene todas las letras de tu nombre.

El cáncer de Lena era la metástasis de Lena. Cuando empezó la historia con Julio hacía poco que a Lena le habían quitado el pecho izquierdo. Nada que hacer: para no dejar nada había que no dejar nada. Pero parece que se olvidaron de algo. O que yo soy una asesina, como dice Natalia, porque más de quince años después a Lena le encontraron una metástasis en el cúbito, también izquierdo y le cambiaron el hueso por una prótesis.

Igual era fácil saberlo, aunque jamás, salvo en los tránsitos de la escuela a mi departamento, estuvimos juntos fuera de mi casa. Jesús, por ejemplo, lo tuvo que saber desde el principio así que Lena no debe haber tardado en enterarse. Jesús, baldeando en la puerta, o sacándole lustre al picaporte, o limpiando los vidrios de la puerta de entrada, me vio bajar a abrirle cada vez que Julio llegó impuntualmente, hasta el día en que empezó a quedarse los jueves. Y yo no puedo pedirle a Jesús reserva. Decirle algo sería peor.

La primera vez con Julio, me acuerdo, no me gustó. Estaba demasiado asustada, más preocupada por lo que iba a pasar después que por lo que pasaba en ese momento concreto. Hacía ya algunos días que él me ofrecía alcanzarme hasta mi casa. Era verdad que le quedaba de paso, casi a mitad de camino entre la escuela y la suya. Yo al principio me negué, como si hubiera en ese gesto algo que no estaba del todo bien. El mediodía que lo invité a subir él se había ofrecido a chequear un cortocircuito en la cocina para que yo no tuviera que llamar a un electricista y él entró y yo encendí la estufa y prendí la hornalla y subí las persianas de la puerta ventana que da al balcón y que nunca abría hasta volver de la escuela, al mediodía. Y después pasó todo y yo bajé las persianas otra vez. Como están bajas ahora.

Julio no habla de Lena. La que habla de Lena es Natalia. Julio habla de Fernando, cuando habla. A veces me parece que el único que de verdad le importa es Fernando. Y lo mismo con Lena. Solamente Fernando. Pobre Natalia.

Natalia no quería casarse. Un día me dijo eso, en el teléfono. Vos no hablás de mi mamá con él, ¿no? Mi mamá quiere que me case para morirse tranquila.

Eso debe haber sido hace cinco años o algo así. Yo siempre había creído que Natalia se iba a cansar de llamar, que nada más era cuestión de paciencia. El teléfono sonaba y ella empezaba con los insultos, o con los llantos, o con las preguntas. Yo me quedaba muda, al otro lado. Esperaba que terminara. Esperaba que colgara. Después esperaba un rato para cortar yo también.

Cuando la tuve de alumna, Natalia destacaba por lo correcta. Un poco sobre adaptada, ahora que lo pienso. No era especialmente inteligente ni especialmente bonita, ni especialmente cariñosa. Pero había algo, no sé bien qué, que hacía que fuera imposible no tenerla presente.

Casi seis años después de la primera vez, Julio empezó a quedarse en casa los jueves a la noche. Yo no se lo pedí. Nada más una noche llegó y me dijo que se iba a quedar a dormir. Yo lo miré, como para preguntarle algo, pero se me quedaron las palabras sin decir. Es difícil hablar con Julio y me pareció que yo tenía que entender. Y preferí, entre todas las opciones, pensar que lo hacía por mí. Entonces calenté el agua, como siempre y me senté con él y dije que iba a pedir algo para cenar porque no lo esperaba. Si lo pienso ahora, ese fue el gran salto en nuestra relación. Relación. Qué palabra complicada. Como sea, el salto fue cuando empezó a quedarse los jueves a la noche. Antes que eso yo no sabía qué esperar. Él nada más aparecía. Tocaba el timbre en algún momento, entre la una y media y las siete de la tarde. Pero cuando se empezó a quedar los jueves yo le di las llaves del departamento. Se las di sin ningún preámbulo, como todo con él. Nada más hice la copia y la puse arriba del sobre donde él tiene los papeles del auto un viernes a la mañana temprano, antes de que se fuera.

Es raro el espejado entre esposa y amante. ¿Quién gana y quién pierde? Las esposas se sienten abandonadas cuando nadie las abandona. A Lena nadie la abandonó. ¿Qué son los jueves después de todo? Yo espero los jueves, siempre. La espera de los jueves es, muchas veces, más que los jueves en sí. ¿Qué espera Lena? ¿Espera que no lleguen los jueves o espera que lleguen y pasen de una vez? Espera ver la familia de Natalia. Espera que Fernando deje a Paula.

Ahora escucho llover. Es de esos días en que adivinar la hora se hace más difícil. No sé si así es mejor o peor.

Cuando el test de embarazo le dio positivo, hace unos meses, Natalia me llamó llorando. Gritaba en el teléfono que ella no quería pero que no era capaz de hacerse un aborto. Decía que era una estúpida, que ahora iba a estar casada toda la vida. No como yo. No como yo, dijo Natalia.

A todos me los fui cruzando por la calle en estos años y todos, incluido Julio, hicieron como si no me conocieran. Incluida Natalia. Salvo la última vez. La última vez yo la vi de lejos, pero no tan lejos como para entrar en un negocio y evitar el cruce. Se había recogido el pelo y el embarazo avanzado le modificaba en algo la manera de caminar. Natalia me vio, unos metros antes y me sostuvo la mirada. Tenía esa cara redonda de las mujeres que están a punto de parir. Me sostuvo la mirada durante el cruce y me siguió con la vista después de que pasé. Nunca antes había pasado eso.

Julio habla de Fernando, de lo difícil que es Fernando. De lo preocupada que está Lena. Por Fernando. Fernando es nada más un nene caprichoso e inestable al que las mujeres llevan de las narices. Lena debería estar tranquila: Fernando siempre va a volver, no importa cuántas comodidades le den en otra parte. Fernando no quiere irse de verdad. Sabe que debería, y entonces hace el como si. Pero Fernando viene volviendo a la casa de los padres desde siempre. Embaraza a una, vive con ella un tiempo, se separa y vuelve a lo de los padres. Ya lo hizo dos veces. Y con esta Paula va a ser igual, no importa cuántas comodidades, seguridad perimetral y loza radiante tenga el departamento de ella en el bajo Belgrano. Fernando es un chico de Sarandí. Un chico de Lena.

Los sábados falta demasiado tiempo para esperar. Son los peores días. Peores que los domingos, porque los domingos falta menos para el lunes, para ir al colegio. No sé qué voy a hacer el día que me llegue la jubilación, como le pasó hace poco a algunas compañeras. El sábado falta demasiado para el lunes, el sábado falta una eternidad para el jueves.

Pero este sábado es peor. Porque este sábado es el sábado después del último llamado de Natalia.

Me programaron la cesárea para esta noche, dijo Natalia ayer, cuando llamó. Después se quedó callada y yo la oía respirar del otro lado. Tengo miedo, dijo al final.

Sigue lloviendo, afuera.

Quiero mirar el reloj.

¿Qué voy a hacer yo si Natalia no llama pronto?

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Últimos ritos

1.
Me cogés y te vas, ese es el trato, dice.
Se acomoda en la cama, apenas, el pelo revuelto. Nunca la había visto tan flaca, tan pálida, tan fea.
Estás loca, le respondo.
No te hagas el pelotudo, Juan. ¿A quién más puedo pedirle esto? Venís dos veces por semana, me sacás el suero, me cogés y me ponés el suero otra vez. Nadie se va a dar cuenta.

 

2.
No es la primera vez, pero va a ser la última.
La primera vez fue obvia: teníamos diecisiete o dieciocho y dijo: Besame. Ahora ahora rápido. Yo me demoré, no entendía. Me acerqué lento y ella se me prendió de la boca y me refregó las tetas. Después se separó, sin violencia pero decidida. Gracias, murmuró. Y miró hacia el costado. Entonces vi al tipo alejándose por la vereda. Ella prendió un cigarrillo con desgano y se apoyó sobre la pared, al lado de la ventana. Fumó callada. En algún momento me guiñó un ojo y yo le devolví una media sonrisa.

3.
No sé cuánto queda, Juan. Ya sabés. Hacemos la ficción de las visitas y de que me voy a poner bien. Y ni ellos se lo creen. Bah, algunos sí. Viste cómo es, ya vimos esta película. Pero yo no me lo creo, eso es lo que importa. Y vos que sos médico no me vas a contar historias. Que te asuste la sangre y te hayas dedicado a empastillar locos no te saca el título de médico, dice.
Le miro las venas reventadas de los dos brazos. La bata verde con escote en V, el pelo grasoso y desordenado.
Me la imagino desnuda, sobre esa cama ortopédica. Se me para.

4.
Te hacés una paja, acabás en un frasquito y me donás el esperma, me dijo hace tres años. Dale, hacelo por mí. No sabés lo difícil que es encontrar un tipo como la gente. Y además estás sano.
Insistió durante meses.
No hace falta que seas el padre, Juan. Es nada más como si fueras un banco. Un banco de confianza.
Yo me imaginaba la escena tal cual ella la describía: la paja, el frasco, la jeringa, el pibe. La paja, la paja.
Ya no estoy sana, dijo cuando al fin una noche le dije que sí.

5.
¿A quién podría pedírselo si no es a vos? , dice. Yo me quedo callada y vos me cogés. En este hospital de noche todos cogen. Se escucha. Parece un telo. Y yo ya no voy a ir a un telo. Si ya sabemos que no van a ser más de dos, como mucho tres veces. Me voy a morir a los 36. Al menos debería quedar servida.
Estira la mano. Tiene un anillo de plata en el dedo mayor que parece todo el tiempo a punto de caerse. Tiene la mano hirviendo. Le toco la frente y le miro los labios. No recordaba que los tuviera tan finos.
Dale, después de las doce, dice.

6.
Ahora está sentada, desnuda sobre la cama ortopédica. La luz está apagada pero en los hospitales la oscuridad nunca es total. Desde la puerta la miro. La miro mirarme.
Quiere darme una orden: cogeme ya. Pero ya no puede eso y su gesto dice: cogeme por favor.
Está flaca y fea. Me mira y me calienta.
Ahora, dice en un susurro.
Yo niego con la cabeza y dejo la habitación.

Puntas

Del paisaje habitual sólo quedaban la comisaría a mitad de cuadra, el telo en la esquina contraria, unos metros más allá y el Museo Casa de Ricardo Rojas, en la vereda de enfrente, con su eterno horario de visitas imposible. El bar, a un lado del edificio ya no era el bar de siempre y la peluquería, al otro lado se había convertido en quién sabe cuántas cosas desde la última vez, para ser ahora una dietética muy iluminada, con oferta, hoy martes, de milanesas de soja. Bien mirado, costaba entender la larga vida que había tenido la peluquería, considerando que el peluquero era epiléptico.

La elección de la hora era estratégica: eran las dos y media, el sol de enero rajaba la tierra y, si todo le salía bien, iba a poder no cruzarse con nadie.

Palpó las llaves en el fondo del bolsillo interior de su bolso de cuero, pero igual se aproximó al portero eléctrico reluciente y se cercioró de que el 2º B siguiera en su lugar. Después se acercó a la puerta, ubicó la travex, también brillante y entró al hall. Se preguntó qué sería más disimulado, pero optó por el ascensor.

El pasillo del segundo tenía al menos cinco grados menos que la calle y el corte automático de la luz la sorprendió antes de llegar a la puerta del departamento. Giró primero la llave de arriba, luego la de abajo, tiró brevemente hacia sí misma y entró.

Le costó decidir si le sorprendía que todo estuviera intacto o le parecía absolutamente previsible. Propio de él, le había pagado a la portera dos años por adelantado para que limpiara el departamento una vez por semana y la mujer lo había seguido haciendo, aun mucho después de que a él lo internaran.

Levantó las persianas del comedor y abrió la ventana corrediza. Pensó en cómo le gustaba a él el orden y esperó que eso le hiciera las cosas más fáciles. Apoyó en la mesa la botellita de agua mineral que llevaba en la mano, sacó de la cartera los paquetes de bolsas de consorcio y la colgó de un extremo de la silla.

No había tanto que deshacer. Después de la muerte de su madre, cinco años antes, él había cerrado la casa a las visitas y había reducido al mínimo indispensable los elementos propios de la vida diaria, de modo que solo había un juego de cubiertos, un vaso de plástico, un mate de metal con un asa rota, una bombilla oxidada. En el baño colgaba un cepillo de dientes y los restos agrietados de un jabón verde en su soporte metálico. La biblioteca estaba completamente vacía y solo mostraba los rastros entre negros y verdes de la humedad que habían dejado las páginas de los libros apoyados contra la pared.

Prendió un cigarrillo. La ropa. Tenía que limitarse a la ropa. Con lo demás, ya se vería. Caminó hasta el dormitorio. ¿Cómo había hecho él para volver ese departamento algo tan impersonal? Pensó en su madre. Parecía que ella nunca hubiera estado allí. A lo mejor era un poco así, aunque –claro- había que leer entre líneas para decir eso.

Desplegó una bolsa y se demoró en separar sus lados. Después abrió el placard. Olía a cerrado. El orden era tan absoluto que costaba creer que alguna vez alguien hubiera usado lo que había dentro, aunque ella sabía bien que sí. Pensó que si él estuviera viendo su falta de método para meter sacos y pantalones en las bolsas, volvería a morirse. No encontró zapatos de ningún tipo ni medias. Qué sería lo que su padre se ponía en los pies.

Tardó poco. En unos veinte minutos completó dos bolsas y media de ropa mal doblada, dos juegos de toallas y uno de sábanas. El placard quedó vacío, a excepción de las perchas de madera y de un plumero, atado prolijamente al barral, que ella adivinó como una señal para que no olvidara sacudir el polvo.

Cargó las bolsas hasta el comedor y pensó que iba a tener que bajarlas de a una y que con eso se acabaría el sigilo tan premeditado. Igualmente no tenía alternativa. Giró sobre sus pasos para apagar la luz del dormitorio, que había quedado encendida. Cuando volvió a entrar pensó otra vez en los zapatos. Abrió de par en par el placard vacío, se sacó las sandalias y se arrodilló para mirar de nuevo la parte inferior, donde no encontró nada. Se acomodó boca abajo en el espacio breve entre los muebles y tanteó debajo de la cama. Una chinela. Forzó la vista. Dio la vuelta hasta el otro extremo, sobre la pared de la ventana y se deslizó de nuevo por el piso. Nada más. Viejo loco.

Se incorporó, se acercó nuevamente hasta el placard y desató el moño prolijo y rojo que ataba el plumero. Lo agarró del lado de las plumas y movió el palo por el piso oculto de la cama. Contra la pared de la cabecera sintió algo. Estiró el brazo e hizo fuerza. Enseguida la vio. Enseguida la reconoció. Enseguida supo qué encontraría adentro. Vieja de mierda.

La caja era delgada y marrón, de un cartón duro y tenía las uniones de la tapa recauchutadas con cinta adhesiva añeja. Encontrar eso en lugar de la chinela.

La llevó hasta el comedor, separó la fuente vacía que hacía de centro de mesa y apoyó la caja cerrada. Tomó un sorbo del agua, ya caliente, que había quedado en la botella, al lado de la silla.

Antes de abrir la caja se los acordó: ella haciendo los dibujos, pintándolos sobre cartón y plastificándolos con cola transparente; él trazando los cortes del otro lado y separando luego las partes con un cúter.

Levantó la tapa. Viejos de mierda, iba a armarlo al revés de cómo le habían enseñado: del centro a los bordes.

Dio vuelta las piezas sobre el mantel de plástico transparente que protegía vaya a saber de qué la madera de la mesa. Todas las piezas parecían blancas. Las separó en el fondo de la caja y en la tapa dada vuelta. Afuera del departamento se oyó el grito de alguien llamando al ascensor, que debía haber quedado abierto en algún piso.

Encontró relativamente rápido cinco piezas que unir en el centro y otras siete u ocho que formaban una isla de alguna otra zona. La sacaba de quicio. Dejó sonar el celular en el fondo de la cartera, una, dos, tres veces.

Conocía la técnica pero le faltaba la habilidad. Sabía, mirando la cantidad de piezas desparramada que el rompecabezas debía medir unos 25 por 40 y era capaz de organizar más o menos adecuadamente las distintas porciones que se iban conformando.

Tardó en ver la pieza, sepultada debajo de alguna otra, al fondo de la caja. Era blanca, igual que las demás, pero tenía algo escrito, diminuto, en negro, en el extremo inferior derecho: “1969”. Se sonrió. ¿Cómo podía ella? ¿Cómo había podido?

Trató de apurar el armado, pero no había forma. Se demoró en todos y en cada uno de los encastres hasta dar con la forma indicada. Cuando terminó el interior ya había tenido que prender la luz que caía directo sobre la mesa.

Solo faltaban los bordes, separados sobre la tapa de la caja. Distanció las piezas despacio y enseguida supo que algo estaba mal. No sabía cuál de los dos era más hijo de puta.

Buscó las sandalias en el dormitorio, se colgó el bolso en el hombro derecho y salió del departamento dando un portazo. Bajó los dos pisos por la escalera.

Bombachas rosas (un cuento de Navidad)

Ahora yo fumo, sentada en el umbral. La reja está abierta.  Apoyado en el escalón está el manojo de llaves. La calle está desierta y la humedad parece aplastarlo todo. Pasa el perro negro, por segunda vez. Me ignora. El perro negro siempre me ignora.

Por suerte se fueron temprano. Yo apuré el brindis, es verdad. Y la ventaja de los regalos es esa fiebre por terminar de abrir pronto los paquetes. No hice café. Ni puse pan dulce sobre la mesa. Corté rebanadas en dos platos y los llevé al lado del árbol. Hagamos todo junto. Debo haber sido medianamente elocuente, porque a la una y cuarto ya se habían ido y yo había acostado a Male. Después saqué del segundo cajón una bolsa de residuos de consorcio, bien negra y levanté los papeles de envolver, otras bolsas, dos botellas de sidra, cuatro envases de gaseosa descartable. Barrí las migas del pan dulce, pisé algunas garrapiñadas.

Hace calor. El aire acondicionado de mi habitación no tiene gas y yo no tengo sueño. La miro a Male dormir, boca arriba, las piernas abiertas como si fuera una rana, solamente con la bombacha rosa de navidad y sin remera; los brazos extendidos y el pelo revuelto y suelto, desparramado sobre la almohada.

Entonces agarro el atado de cigarrillos y busco los fósforos en la cocina. Podría salir a fumar al patio, pero por alguna razón se me antoja que en la calle debe correr algo de viento. Hace un rato que los chicos de la otra cuadra terminaron de tirar petardos, cohetes y cañitas voladoras.

Con las llaves en una mano y los cigarrillos en la otra, abro la puerta y la cierro con cuidado. Abro la reja. Me siento en el umbral. Veo pasar el perro negro. Fumo. Y miro la calle desierta. Son las tres y media y yo no quiero que amanezca. En algún lugar, a algunas cuadras, se escucha el vidrio de botellas que se rompen.

No me doy cuenta cuándo aparece ella. No sé en qué estoy pensando, si estoy mirando para el otro lado, pero cuando miro para la esquina está ahí, apoyada sobre el poste del 113. Debe tener veinticuatro o veinticinco, el pelo largo, apenas enrulado. Tiene puesto un pantalón blanco muy ajustado, sandalias plateadas, con tiras muy finas y una musculosa negra, con breteles mínimos de lentejuelas. Lleva una cartera diminuta y una bolsa blanca de papel en la mano derecha.

Baja a la calle y se asoma. Yo no vi pasar ningún colectivo ahora que salí. Tampoco hace un rato, cuando se fueron todos, los acompañé a la puerta y les indiqué rutas posibles para el regreso.

El farol que cuelga entre los extremos de la calle le ilumina el cuerpo. Le veo las uñas largas, pintadas de blanco. Ella revuelve en su cartera, buscando algo: un paquetito abierto de pañuelos descartables. Saca uno de la bolsita y la guarda de nuevo. Se lo lleva a la nariz. Llora.

Yo apago el cigarrillo contra la vereda. Me corro los pelos de la cara, me llevo las manos a los ojos y me toco las pestañas embadurnadas de rimel negro.

De golpe ella avanza unos pasos y se me acerca. Es mayor de lo que pensaba. Debe tener treinta o treinta y dos. Tiene los ojos hinchados y se nota que ya se le corrió tanto la pintura que ahora casi no se ve. ¿Pasa a esta hora?, me dice.

Miro el reloj. Hoy tengo puesto el de metal que me regaló Martín el último cumpleaños. No llamó Martín. Ni para hablar con Male. El reloj de metal me pesa un poco y casi no lo uso. Tampoco uso, ahora, el anillo con una piedra verde que me regaló Martín. Pero hoy sí. Son las cuatro menos cuarto. No sé, le digo. Los días comunes seguro que a las cinco y media pasa, porque lo escucho. Pero a esta hora no sé. Menos esta noche.

Ella se sonríe apenas. ¿Me das un cigarrillo?, me pregunta. Yo le extiendo el paquete y la caja de fósforos. ¿Vas lejos?, le digo. Ella se lleva el cigarrillo a la boca directamente del paquete. Tiene los dientes de arriba un poco torcidos. Hasta San Justo, me responde. Enciende el fósforo, aspira y sopla el humo sin tragarlo. ¿No entrás?, pregunta.

No es linda. De lejos es llamativa, pero mirándola de cerca me parece que hay algún tipo de desajuste. Tal vez la cara es demasiado chica, o demasiado flaca para el cuerpo: la espalda ancha, la cintura marcada, demasiada cadera. Tengo calor, le digo. Y pienso que podría entrar a fumar al patio.

Sin levantarme, me corro y acomodo el cuerpo contra la pared. Ella entiende el gesto, se asoma otra vez a ver si viene el colectivo y después se me sienta al lado mientras sigue fumando sin tragar el humo. Contame, le digo. Ella me mira. Vuelve a meter la mano en la carterita y a sacar los pañuelos. Se suena la nariz con mucho ruido y después hace un bollito chiquito y mojado que sostiene en la mano izquierda. Yo pienso en Martín. Pienso en Male dormida casi desnuda abajo del ventilador de techo. Y adivino que me va a contar la historia de un chico que la cagó con otra. Delante de ella. O casi delante de ella.

Yo creí que ella quería que viniera, me dice.  Por la vereda de enfrente vuelve a pasar el perro negro. Me parece que ahora que estamos sentadas ahí, las dos, presta algún tipo de atención a mi presencia. Ella está callada. La miro. Mi hermana, me dice. Yo pienso en mi hermana, hace un rato, en la cena. Yo quería que se fuera. Quería que se fueran todos, pero ella más que todos. Vos lo extrañás a Martín, me dijo mi hermana hace un rato. Y yo seguí pelando los huevos duros abajo del agua fría sin contestarle nada.

¿No quería?, le digo. Ella tira la cabeza para atrás; estira las manos; se agarra el pelo largo y lo hace un nudo en un rodete que se sostiene sin hebilla. Eso me produce cierta admiración. Es por lo que le hice a la vieja, me responde. Tira el cigarrillo a la calle, pero el impulso no llega hasta la alcantarilla. Lo veo consumirse, lento y cerca. Le miro las piernas, agarrando con fuerza la bolsa blanca de papel, como una pinza.

¿Vos ya volviste?, me pregunta. Y yo pienso que nunca salí. Que ellos vinieron. Que yo tengo patio. Que mis padres me desaprueban, que mis sobrinos son insoportables, que el marido de mi hermana es un idiota, que a Male le gustó el micrófono de hadas, que mi hermana me odia, que no lo extraño a Martín y que Martín no llamó. Me miro la mano izquierda con el anillo con la piedra verde en el anular, que se me resbala para el costado. La nena duerme, le digo.

Ella se levanta, agarra la bolsa, camina hasta el cordón, pisa de pasada el cigarrillo, ya apagado en la vereda y se asoma. Me da la sensación de que cree que si lo hace el colectivo va a venir más rápido. Se queda mirando. Yo pienso en volver a fumar, pero decido que no. Quiero saber qué hora es pero no quiero mirar el reloj.

Por eso me invitó, me dice. Ahora escucho música en alguna terraza cercana, como si fuera en la otra manzana. También unos perros que ladran. Ella se seca otra vez los ojos.  A lo lejos, dos cuadras más allá, veo doblar el 113. Me levanto, agarro las llaves; ella me sonríe y camina hacia el poste.

Trabo la reja, abro la puerta de calle y cuando me doy vuelta para cerrarla veo el colectivo pasar de largo sin detenerse. Yo entro, me acerco a mirar a Male que sigue durmiendo, me fijo en la pantalla del celular, que sigue muda. Corto cuatro rebanadas del pan dulce que sobró. Vuelvo a agarrar las llaves, un plato descartable con el pan dulce y salgo otra vez a la vereda. En el reloj metálico que me regaló Martín son las cuatro y veinte. Ella no está en la parada.

Archivos temporales (VI)

2013-09-25 10.48.39Pero Leandro Kühl no viene  el lunes.
Ella llega temprano, antes que todos. Prepara café. Ordena el escritorio. Disfruta de tener que ser saludada y no de tener que besar a uno por uno, como cuando llega un poco más tarde.
Presta atención a las entradas, a la gente que se asoma pero está equivocada de piso, a los desconocidos de siempre que preguntan por Mariela para dejarle una factura o una declaración jurada.
A media mañana alguien avisa que la jefa no viene y el clima se distiende: pasean de un escritorio al otro, bajan a hacer trámites extemporáneos, hablan a los gritos.
Ella se pone los auriculares y trabaja en un texto.
“qué cortada, te pasa algo?”, le salta Facu en la ventanita del chat.
“tengo que terminar un doc”, responde ella.
“venís a fumar después?”
“te aviso.”
Insiste, Facu y a ella la aburre.
Y el día pasa sin jefa y sin que Leandro Kühl aparezca o alguien lo mencione.
Los martes ella llega a la oficina a las 12.
Lo ve apenas atraviesa la división interalas, detrás del escritorio, con la columna a su izquierda.
Debe tener unos cincuenta años y aunque está sentado ella se da cuenta de que es alto.
Vení Ana, que te voy a presentar a Leandro que quiero que trabaje con vos en algunos temas, le dice su jefa apenas la saluda.
Leandro Kühl se levanta de la silla. Se acerca y le sonríe.

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