Túneles y lápices

Le faltaba la teta izquierda y nunca, que yo sepa, se puso tacos.
Contaba que de muy joven podía juntar las dos manos cuando se agarraba la cintura. Y que a los 40 llegó a pesar 99 kilos.
Contaba que se había dejado maquillar una sola vez en su vida y que, cuando se vio en el espejo, se puso a llorar desconsolada.
Tomaba mates amargos, hasta que sonaban los rezongos, mientras a mí me preparaba un capuccino frío con dos pajitas.
Contaba historias épicas sobre mi madre, cuando estaba haciendo la residencia en el Hospital de Clínicas y salvaba varias vidas por noche, decía.
Había estado enamorada de un pintor, Destok, al que había descubierto con una mujer que llevaba cruzadas al cuello dos pieles de zorro.
Se había recibido de maestra normal con el mejor promedio del país, ese año, pero nunca había ejercido.
Y después se casó con mi abuelo y tuvo a mi madre. Siempre creí que fue la única vez que cojieron.
Él tuvo, dicen pero no me lo dijo ella, muchísimas amantes.
Después vino el cáncer y los 99 kilos. O al revés.
Pasé en su casa la mayoría de mis días de semana hasta los 5 años. Mi madre me dejaba temprano y me buscaba por la noche.
Ella me enseñó a leer y me regaló los primeros cuentos.
Me contó historias terribles sobre las mujeres que entregaban su virtud.
Me habló mal de mi padre.
Me mostró el túnel que dejaba la teta que faltaba adentro del corpiño inmenso, que llenaba con pañuelos.
Cuando cumplí quince años mi madre ya estaba muerta y a ella le quedaban pocos meses.
2014-03-16 10.37.43-4Me regaló una gargantilla de oro que había sido suya y un anillito con un rubí.
También un lápiz de oro, con un aguamarina, que podía colgarse de una cadena.
Vendí la gargantilla cinco años después, para pagar el depósito de mi primer departamento y no sé en dónde quedó el anillo.
Entre las cosas que traen las mudanzas, encuentro, hoy, el lápiz dorado.
Un lápiz que tiene la punta rota.
Y no escribe.
Que en algo se parece a un túnel.