Señorita Elsa

Pero tu esposa –dijo ella.
e. e. cummings

No quiero mirar el reloj. Eso es lo que tengo que hacer. A veces eso funciona. No mirar el reloj y tratar de perder la noción de todo. Sé que es de día. Las persianas no dan para tanto y dejan pasar un hilo de luz en el que yo puedo adivinar el paso de las horas. También sé que es sábado y que el teléfono no suena.

Quisiera pensar en otra cosa, leer una novela, corregir las pruebas. Antes hacer cosas servía, limpiaba la cabeza. Pero ya no. Eso fue hace mucho.

En algún momento tuve diez años menos que Lena. Los sigo teniendo pero en algún momento esos diez años importaban, o eran el determinante de algo. Después de los cuarenta y cinco ya no importa mucho cuántos años tengas y la distancia se acorta aunque siga siendo exactamente la misma. Ni hablar de a los cincuenta y tres.

Cuando Julio empezó los arreglos de albañilería a pedido de la cooperadora de la escuela yo tenía treinta y seis y Lena cuarenta y siete. Yo los conocía a los cuatro: Natalia, la hija menor de Lena y Julio, estaba terminando sexto y había sido alumna mía en segundo grado y Fernando, el mayor, había egresado un par de años antes.

Permiso señorita, decía Julio para pasar al aula y a mí me causaba gracia. Era cuidadoso y casi nunca hacía ruido, como si fuera capaz de hacer las cosas que requerían muchísimo prácticamente en silencio. Sentada en el aula vacía, con la pila de cuadernos para corregir o el registro para completar, a mí me parecía que el lijaba las ventanas con cuidado, casi como una música. Y me sentía acompañada.

Yo nada más me había ido quedando sola. Cuando lo pienso, aun ahora, tantos años después, no sé muy bien cómo pasó. Fue casi natural. Un día fue imposible sostener la vida con papá en casa y en alguno de sus pocos momentos de lucidez él habilitó la internación. Yo no quería, creía que podía manejarlo: la escuela a la mañana y atenderlo a la tarde, a la noche. Eran apenas unas horas afuera. Eso estuvo bien hasta la primera vez que se perdió y tuve que dejarlo encerrado. Yo corregía. Corregía para no pensar y un poco eso servía. Pero después papá se empezó a poner violento. Trataba de pegarme. No me reconocía y después sí. O me confundía con mi mamá y no había manera de explicarle que yo no era mi mamá, que yo a mi mamá no la había conocido. Entonces pensaba en internarlo para que lo cuidaran bien y en cuanto eso me pasaba por la cabeza él parecía mejorarse y yo volvía a creer que podía con todo, que hacía tantos años que vivíamos los dos solos que con nadie iba a estar mejor que conmigo. Pero en algún momento, no sé exactamente cuándo, empecé a tener miedo. Me parecía que un mediodía iba a llegar a la puerta del edificio y me lo iba a encontrar muerto sobre el asfalto. O que una mañana iba a olvidarse abierta la llave de gas. Y además, estaba lo que decía. Y que yo no podía saber qué de todo eso se correspondía con qué parte de su vida, o con quién. Ni siquiera si estaba diciendo la verdad o era todo parte de lo que él se creía, así como a veces decía que yo era la cocinera, la manicura, la profesora de clarinete, además de mi madre, su hermana, mi abuela. Y en medio de eso, una noche él me gritó: Elsa, ¿no te das cuenta de que acá no puedo estar? Y yo interpreté lo que quise y no me pregunté si era o no parte de su delirio. En ese momento no me lo pregunté. Después sí, todo el tiempo. Ahora mismo, cuando ya no tiene sentido, también.

Creo que hoy está nublado. Por la rendija de la persiana no se ve azul, aunque sí claro. Es más difícil calcular, entonces. Saber cuándo pasó el mediodía, cuánto falta para que anochezca.

Tampoco sé bien cómo fue que empezó lo de Julio. No lo supe entonces y no lo sé ahora. Puedo armar un relato que parezca coherente, pero la verdad es que no estoy segura de no estar omitiendo algún dato importante. Cuando Julio empezó los arreglos en la escuela yo hacía más o menos dos años que había internado a papá. El departamento, de golpe, era demasiado grande para mí. Ya había sido grande para los dos, pero igual yo no me moví, alimentando la fantasía de que la enfermedad era pasajera, de que podía volver. En todos los sentidos de volver. Pero papá no volvió y yo me quedé sola.

Un día tuve la sensación de que Julio se demoraba con los arreglos de mi aula más de lo debido. Había algo, como una dedicación excepcional que no se condecía con la de ningún padre que viniera a la escuela a dar una mano. Pero a mí me gustaba cruzármelo en la escalera u ofrecerle un té, porque había empezado a hacer frío. Ahora que lo pienso, creo que esa fue la primera conversación, la de las manos heladas. ¿Sabe qué pasa, señorita?, tardo tanto porque se me enfrían las manos y es complicado ser prolijo con las manos tan frías. Y entonces yo pensé en las manos de él, en esas manos grandes entre rústicas y precisas. Y pensé, me acuerdo, cómo sería tener las manos tan frías. Yo siempre tengo las manos calientes. Parecen planchitas, me decía mi papá cuando era una nena. Yo quería que las manos de Julio, heladas, al menos me rozaran. Entonces preparaba un té. Lavaba mi taza hasta sacarle brillo, hervía el agua en la pava gigante de la escuela y la vertía en la taza hasta que se entibiaba. Después renovaba el agua, ponía un saquito, me preocupaba de que el té no quedara demasiado suave ni demasiado fuerte, aunque no sabía cómo le gustaba a él.

A vos de mi familia no te importó nunca una mierda, me dijo Natalia la primera vez que llamó, hace como diez años. Yo me quedé muda en el teléfono. ¿Cuánto hacía que Natalia lo sabía? ¿Por qué de golpe había decidido hablar conmigo, aunque fuera para decirme cuánto me odiaba? Lena, en cambio, nunca me dijo una palabra. Y tampoco Fernando. Natalia sí. Desde esa primera vez, Natalia no dejó de llamar. Lo que decía variaba: a veces nada más lloraba en el teléfono; otras me llamaba puta de barrio; una tarde me dijo que yo a su papá no lo quería porque nadie que lo quisiese podría odiar a su esposa. También me llamó asesina. La vas a matar, me dijo. Ese cáncer que tiene ahora mi mamá tiene todas las letras de tu nombre.

El cáncer de Lena era la metástasis de Lena. Cuando empezó la historia con Julio hacía poco que a Lena le habían quitado el pecho izquierdo. Nada que hacer: para no dejar nada había que no dejar nada. Pero parece que se olvidaron de algo. O que yo soy una asesina, como dice Natalia, porque más de quince años después a Lena le encontraron una metástasis en el cúbito, también izquierdo y le cambiaron el hueso por una prótesis.

Igual era fácil saberlo, aunque jamás, salvo en los tránsitos de la escuela a mi departamento, estuvimos juntos fuera de mi casa. Jesús, por ejemplo, lo tuvo que saber desde el principio así que Lena no debe haber tardado en enterarse. Jesús, baldeando en la puerta, o sacándole lustre al picaporte, o limpiando los vidrios de la puerta de entrada, me vio bajar a abrirle cada vez que Julio llegó impuntualmente, hasta el día en que empezó a quedarse los jueves. Y yo no puedo pedirle a Jesús reserva. Decirle algo sería peor.

La primera vez con Julio, me acuerdo, no me gustó. Estaba demasiado asustada, más preocupada por lo que iba a pasar después que por lo que pasaba en ese momento concreto. Hacía ya algunos días que él me ofrecía alcanzarme hasta mi casa. Era verdad que le quedaba de paso, casi a mitad de camino entre la escuela y la suya. Yo al principio me negué, como si hubiera en ese gesto algo que no estaba del todo bien. El mediodía que lo invité a subir él se había ofrecido a chequear un cortocircuito en la cocina para que yo no tuviera que llamar a un electricista y él entró y yo encendí la estufa y prendí la hornalla y subí las persianas de la puerta ventana que da al balcón y que nunca abría hasta volver de la escuela, al mediodía. Y después pasó todo y yo bajé las persianas otra vez. Como están bajas ahora.

Julio no habla de Lena. La que habla de Lena es Natalia. Julio habla de Fernando, cuando habla. A veces me parece que el único que de verdad le importa es Fernando. Y lo mismo con Lena. Solamente Fernando. Pobre Natalia.

Natalia no quería casarse. Un día me dijo eso, en el teléfono. Vos no hablás de mi mamá con él, ¿no? Mi mamá quiere que me case para morirse tranquila.

Eso debe haber sido hace cinco años o algo así. Yo siempre había creído que Natalia se iba a cansar de llamar, que nada más era cuestión de paciencia. El teléfono sonaba y ella empezaba con los insultos, o con los llantos, o con las preguntas. Yo me quedaba muda, al otro lado. Esperaba que terminara. Esperaba que colgara. Después esperaba un rato para cortar yo también.

Cuando la tuve de alumna, Natalia destacaba por lo correcta. Un poco sobre adaptada, ahora que lo pienso. No era especialmente inteligente ni especialmente bonita, ni especialmente cariñosa. Pero había algo, no sé bien qué, que hacía que fuera imposible no tenerla presente.

Casi seis años después de la primera vez, Julio empezó a quedarse en casa los jueves a la noche. Yo no se lo pedí. Nada más una noche llegó y me dijo que se iba a quedar a dormir. Yo lo miré, como para preguntarle algo, pero se me quedaron las palabras sin decir. Es difícil hablar con Julio y me pareció que yo tenía que entender. Y preferí, entre todas las opciones, pensar que lo hacía por mí. Entonces calenté el agua, como siempre y me senté con él y dije que iba a pedir algo para cenar porque no lo esperaba. Si lo pienso ahora, ese fue el gran salto en nuestra relación. Relación. Qué palabra complicada. Como sea, el salto fue cuando empezó a quedarse los jueves a la noche. Antes que eso yo no sabía qué esperar. Él nada más aparecía. Tocaba el timbre en algún momento, entre la una y media y las siete de la tarde. Pero cuando se empezó a quedar los jueves yo le di las llaves del departamento. Se las di sin ningún preámbulo, como todo con él. Nada más hice la copia y la puse arriba del sobre donde él tiene los papeles del auto un viernes a la mañana temprano, antes de que se fuera.

Es raro el espejado entre esposa y amante. ¿Quién gana y quién pierde? Las esposas se sienten abandonadas cuando nadie las abandona. A Lena nadie la abandonó. ¿Qué son los jueves después de todo? Yo espero los jueves, siempre. La espera de los jueves es, muchas veces, más que los jueves en sí. ¿Qué espera Lena? ¿Espera que no lleguen los jueves o espera que lleguen y pasen de una vez? Espera ver la familia de Natalia. Espera que Fernando deje a Paula.

Ahora escucho llover. Es de esos días en que adivinar la hora se hace más difícil. No sé si así es mejor o peor.

Cuando el test de embarazo le dio positivo, hace unos meses, Natalia me llamó llorando. Gritaba en el teléfono que ella no quería pero que no era capaz de hacerse un aborto. Decía que era una estúpida, que ahora iba a estar casada toda la vida. No como yo. No como yo, dijo Natalia.

A todos me los fui cruzando por la calle en estos años y todos, incluido Julio, hicieron como si no me conocieran. Incluida Natalia. Salvo la última vez. La última vez yo la vi de lejos, pero no tan lejos como para entrar en un negocio y evitar el cruce. Se había recogido el pelo y el embarazo avanzado le modificaba en algo la manera de caminar. Natalia me vio, unos metros antes y me sostuvo la mirada. Tenía esa cara redonda de las mujeres que están a punto de parir. Me sostuvo la mirada durante el cruce y me siguió con la vista después de que pasé. Nunca antes había pasado eso.

Julio habla de Fernando, de lo difícil que es Fernando. De lo preocupada que está Lena. Por Fernando. Fernando es nada más un nene caprichoso e inestable al que las mujeres llevan de las narices. Lena debería estar tranquila: Fernando siempre va a volver, no importa cuántas comodidades le den en otra parte. Fernando no quiere irse de verdad. Sabe que debería, y entonces hace el como si. Pero Fernando viene volviendo a la casa de los padres desde siempre. Embaraza a una, vive con ella un tiempo, se separa y vuelve a lo de los padres. Ya lo hizo dos veces. Y con esta Paula va a ser igual, no importa cuántas comodidades, seguridad perimetral y loza radiante tenga el departamento de ella en el bajo Belgrano. Fernando es un chico de Sarandí. Un chico de Lena.

Los sábados falta demasiado tiempo para esperar. Son los peores días. Peores que los domingos, porque los domingos falta menos para el lunes, para ir al colegio. No sé qué voy a hacer el día que me llegue la jubilación, como le pasó hace poco a algunas compañeras. El sábado falta demasiado para el lunes, el sábado falta una eternidad para el jueves.

Pero este sábado es peor. Porque este sábado es el sábado después del último llamado de Natalia.

Me programaron la cesárea para esta noche, dijo Natalia ayer, cuando llamó. Después se quedó callada y yo la oía respirar del otro lado. Tengo miedo, dijo al final.

Sigue lloviendo, afuera.

Quiero mirar el reloj.

¿Qué voy a hacer yo si Natalia no llama pronto?

There´s a problem with your name

El problema de las señales es que no se sabe qué es lo que indican.
Por ejemplo: ¿Qué quiere decir que en el puesto de migraciones de Ezeiza esté sonando, suficientemente fuerte, Yira yira?
2013-09-28 18.21.55¿Y que la ventanilla que te toca para hacer el trámite sea la número 17?
O: ¿Cómo debe interpretarse un arco iris, en medio de la llovizna, a través de la puerta de preembarque?
¿Y que te equivoques y te sientes en el 25A en lugar del 24A que es el que te tocaba?
Antes de despegar, ya en el avión, una señora mayor habla por celular. Hace cuatro llamados al hilo. A todos les dice lo mismo: que los quiere más que a nadie en todo el mundo. Le pasa la lista de todos los que quiere. Les aclara por qué están al tope de esa lista. Y que está borracha. Mamada, dice. “Estoy un poco mamada y ya sabés que cuando estás mamada sólo podés decir la verdad”. Pienso que podría discutirle: no hay mejor mentiroso que un borracho. Que una borracha.

El vuelo transcurre sin problemas y llega a mi escala en Nueva York veinte minutos antes.
Veinte minutos antes es veinte minutos antes de las 6 AM.
Y en Nueva York, la oficina de migraciones abre a las 6 AM así que esos veinte minutos que ganamos tenemos que volver a perderlos esperando en el avión.
Yo despliego en mi cabeza todos los pasos que tengo que seguir ahora, como si fuera posible olvidarme de uno: migraciones, levantar la valija, buscar la puerta para la conexión, dejar la valija.
Llegar a tiempo en las dos horas cuarenta entre vuelo y vuelo.
Cuando por fin bajamos del avión y llegamos a migraciones se nos interpone en la fila un vuelo lleno de japoneses.
La chica, delante mío, dice que de todos modos no se pueda hacer mucho en Nueva York a las seis de la mañana y yo le cuento que estoy en tránsito.
Se ríe y charlamos, como se charla con los desconocidos en el aeropuerto.
Me cuenta que suele tener problemas en migraciones: Debo parecerme a una terrorista famosa, dice.
La cola avanza y seguimos hablando.
Una vez, me cuenta, en la oficina esa a la que te llevan, veo a un tipo que me resulta conocido. Tardé en darme cuenta de que era Gilberto Gil. Era la época en que era funcionario de Lula, ministro de Cultura. Pero me dijo que lo paraban siempre porque hacía veinte años le habían encontrado marihuana.
Yo me río. Le digo que por lo menos tiene una historia que contar.
Me río, hablo con ella y miro el reloj.

Me toca la ventanilla 7 y pienso que es una señal.
Extiendo el pasaporte, la declaración jurada. Y entonces el tipo me saca la foto, me hace apoyar los dedos.
Y me dice que tengo que acompañarlo a la oficina.
Tiemblo. Le pregunto qué es lo que está mal.
There´s a problem with your name, responde.
En la oficina hay dos personas más. Miro la hora. No está Gilberto Gil, ni Toquinhio, ni Caetano. Los minutos pasan. No son muchos pero tienen esa manera de pasar de las esperas.
Me llaman a un escritorio. Me preguntan muchas veces el nombre y el apellido y qué vengo a hacer a Estados Unidos.
A hacer migraciones y seguir vengo.
Me dejan pasar. Algo marcan en el pasaporte o en el formulario, pero de eso me doy cuenta después, cuando me revisan de todas las maneras posibles, tecnológicas y de las otras.
De paso me abrieron la valija, pero parece que está todo.

2013-09-29 08.13.56Miro la hora y corro por los pasillos.
Pero llego con tanto tiempo a la puerta 31C que me parece un chiste.
El segundo vuelo me deja en Montreal on time.
Paso migraciones sin ningún problema, aunque la visa que tiene que decir Visitor está mal hecha y dice Business.
Recojo la valija.
Mi amiga, que tenía que venir a buscarme, no está del otro lado de la puerta.

 

Cero: Tránsito en tránsito

Empieza así:
Hay una mujer, pelirroja y de rulos, un poco pasada de peso, en el mostrador de preembarque.
Hay una pareja de unos cincuenta, él de jean y chomba lacoste, ella con calzas y sweater de lentejuelas.
Y sigue:
Hay un matrimonio con una nena de catorce meses y otra de cinco.
Hay una mujer rubia que viaja con su hija de dieciséis.
Hay una chica muy joven con una bebita de tres meses.
Y después:
Hay dos menores con un cartel colgando del cuello que dice: Menor en tránsito.
Y entonces hay una demora de dos horas.
Después:
Hay, delante mío, un chino que habla en inglés con una chica que viaja para dar una conferencia en Pasadena.
Y una luz que no prende en la cocina del avión.
Hay un protocolo que indica que hay que esperar para el despegue el informe de la luz que no funciona.
El informe no llega, la tripulación se vence, el vuelo se cancela.
Para entonces ya sé que la mujer pelirroja vive en New Jersey, está casada con un peruano y tiene al padre enfermo de cáncer.
Que la pareja de cincuenta no se dirige la palabra.
Que en el matrimonio con las dos nenas vive en New York. Y que él no trabaja. Y que ella trabaja 14 horas.
También sé que la mujer rubia y su hija acaban de perder su conexión a Washington.
Y que la chica de la conferencia ya no va a llegar a dar la conferencia. Ni el chino a conquistarla.
Que la bebita de la chica jovencísima se llama Matilda.
Y que los menores son Martín y Leo.
Sé, además, que los voy a volver a ver. A todos o a casi todos.
Y entonces pienso en el carácter tan extraño que tienen los encuentros -todos los encuentros- en los aeropuertos.