Instantánea

Vuelve a la habitación a buscar una campera.  Todavía es temprano, pero ya hace rato que anocheció. El el lobby del hotel, los participantes del Congreso circulan con carpetas y buscan señal con los celulares.
Ella se escabulle.  Cruza la calle hasta la Costanera y empieza a caminar hacia el centro, veinte o treinta cuadras más allá.
El aire fresco le pega en la cara, pero hace menos frío del que se había imaginado.
Camina, rápido. Se concentra en sentir el aire entrando por la nariz. Las luces, altas, de los faroles de la Costanera no alcanzan a iluminar la playa.
Mira la entrada, en el balneario cerrado, y baja unos pasos. Las luces de la ciudad se ven a esas distancias cercanas, pero el mar, delante, es una inmensidad negra.
Le llama la atención el silencio. Un mar callado, del que no se ve siquiera la espuma de las olas que rompen en la orilla.
Se sienta en la arena y siente el frío de la arena húmeda atravesar el jean. Apoya la palma de las manos y mira la ciudad. Juega con el celular, en la derecha y piensa si servirá de algo sacar una foto ahora.
Cuando lo ve, él ya está bastante cerca. Es el punto rojo del cigarrillo avanzando. Y después los pasos, y después el tipo sentado, a unos metros apenas.
No termina de calcularle la edad. Las luces de la costanera le iluminan un poco la cara. Tiene el pelo muy corto, la campera abierta, el cigarrillo consumiéndose en la mano izquierda. Se sienta al lado de ella y le sonríe.
Ninguno de los dos dice nada. Miran hacia mar que no se ve pero que se adivina, cerca, inmenso, delante. Por momentos él la mira y ella le sostiene la mirada. Piensa que le gustaría que la besara. ¿Cuánto hace que nadie le mira la boca con deseo? No se acuerda.
Se escuchan, a lo lejos, las ballenas. Es un sonido extraño, le parece. Como una sirena.
Levanta el celular y prepara la cámara de fotos.
¿Hay algo más que el mar negro que podría fotografiar?
Sopla el viento.
El chico la mira, le agarra la mano, modifica la posición, apenas, hacia la ciudad.
2014-07-01 19.44.54

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