Tronador – Pasteur 8.22 AM

Hay una canción vieja2015-08-25 13.03.51-1
que suena en mis auriculares
en repeat.
Una mujer que se maquilla
mal.
Un pibe que lee Kafka
una pareja que se besa
mientras las estaciones pasan
y una nena chiquita
con las uñas pintadas
y el esmalte saltado.
Hay una víspera
que también suena
en repeat.
Un viejo que tose
sobre la manga del saco
y entre muchos pies
unos zapatos altos
de charol.
Hay un chico con la mochila colgada
que saca del bolsillo
pañuelos de papel
y me da uno.

Anuncios

Temporada alta

CapturaHay una chica, sentada al lado de la puerta, con las uñas pintadas de azules y un tatuaje en el brazo izquierdo que dice: las cosas pequeñas.
Hay una mujer, parada atrás mío, que lee la Guía de Estudios Universitarios.
Y hay mucha gente, con el celular en la mano.
Escriben: El subte está parado, No anda el subte, Llego un poco tarde.
Estamos detenidos en la estación. Del otro lado hay gente que no sube y, en el vagón, alguna, poca, que baja.
También hay una nena, agarrada a un pequeño pony verde agua que llora porque tiene sed.
Por el altavoz anuncian lo que ya sabemos: que la línea B está demorada.
El silencio inicial empieza a deshacerse en quejas, en preguntas, en hipótesis.
Que detuvieron a un carterista y están esperando a la policía un par de estaciones más adelante.
Que alguien se descompuso y están esperando que llegue una ambulancia.
Que nos lo hacen a propósito.
Yo me acuerdo de una conversación, a fines del año pasado, con el guarda de la estación Malabia, una tarde que tuvimos que bajarnos del subte porque alguien se había tirado a las vías: Diciembre es temporada alta de suicidios.
Los minutos pasan y la gente mira la hora en sus muñecas o en sus celulares.
Tenemos un problema en el patín de la zona de cambio en la estación Medrano, suena, por fin, la voz en el altoparlante. La suspensión de la línea B será prolongada.
Se escucha el suspiro general, que conozco bien, antes de que todos salgamos disparados, buscando un colectivo, una cola eterna, compartir un taxi.
En las florerías de Chacarita es temporada de jazmines.
Zona de cambio.
Temporada.
Noviembre.
Diciembre.
Cruzo Federico Lacroze y camino, Corrientes abajo.

Las tetas de Romina

Pezón-BNAhora, en el subte, por segunda vez en la semana, algo me recuerda las tetas de Romina.
El subte es el subte D y yo estoy sentada, porque me subo en Catedral. La chica también se subió en Catedral, pero quizá no supo –como yo sí sé- ubicarse en el lugar en el que se abre la puerta.
A las seis de la tarde hay que ser estratégico. Yo lo sé bien, aunque solamente tome el D Catedral- Scalabrini Ortíz una vez por semana.
Pero soy experta en línea B, y esa experiencia es, parece, transferible. Por eso yo estoy sentada y ella va parada, casi apretujada, muy seria.
Hace calor. No solamente adentro del subte. Es uno de esos días de septiembre en que uno tiene que tolerar el falso amague del verano cuando ni siquiera el invierno terminó de irse.
La chica está parada enfrente mío. Se ve que se fue sacando ropa porque no soporta el calor. Tiene una cartera de oficina, pantalones negros, tacos y una remera demasiado escotada, larga, que no tiene que ver con el resto de su aspecto, como si no hubiera previsto que fuera a mostrarse. En una bolsa de papel lleva un tapado y en el brazo le cuelga un saco de lana gris.
Casi no tiene tetas y el escote redondo, pero demasiado pronunciado no hace otra cosa que remarcarlo. Y en el centro, un poco por encima, está la cicatriz, que yo imagino que se prolonga un poco hacia abajo. Y entonces me acuerdo de Romina.
No sé exactamente quién era Romina: ¿la hija de una vecina?, ¿una chica un poco más grande que conocí un verano en la colonia de vacaciones?, ¿la hija un poco mayor de alguna amiga de mis padres?
Sí estoy segura de que vi a Romina al menos dos o tres veces –aunque pueden haber sido veinte o treinta- cuando yo tenía diez u once años.
Romina tenía trenzas, anteojos y flequillo.
Y había nacido con tres pezones.
Me acuerdo de Romina levantándose la remera, las dos en mi dormitorio, y mostrándome la cicatriz de donde había estado su tercer pezón. Los pezones de Romina me parecían enormes y descomunalmente oscuros y me preguntaba, me acuerdo, si las areolas de los tres se tocarían si no le hubieran sacado el tercero a los pocos meses de nacer.
La chica se baja en Bulnes. La veo recorrer el andén con la bolsa de papel y la cartera deslizándosele del hombro y pienso en que mi hija, hace unos días, me miró desnuda, de arriba abajo, varias veces, las dos solas al lado del placard, frente al espejo.
Me miró las tetas, blancas, con los pezones invertidos y todavía demasiado rosados y se rió.
Qué tetas raras, dijo. Y se volvió a reír.
Y yo bajé la cabeza.
Y me fijé si tenía una cicatriz.

I used to be a teacher

212604-mta-five-things-that-every-new-yorker-should-know Es domingo.
Me siento al lado de ella en el subte.
Despliego mi mapa y lo confronto con el avance de las estaciones en el  electrónico que está en la pared.
De pronto me doy cuenta de que me mira con alevosía.
Are you a teacher, right?, me dice.
Debe tener unos sesenta o sesenta y dos, bien llevados. Es gorda, y usa ese  recogido de pelo que uno está acostumbrado a ver en las películas. Se le  nota la base de maquillaje hasta el cuello.
Le sonrío; le cuento que soy profesora, que trabajo en la universidad; le  pregunto cómo se dio cuenta.
I used to be a teacher, me dice por toda respuesta.
La miro de nuevo y me parece que no podría haber sido otra cosa.
Pienso qué fue lo que vio en mí que le pareció obvio también.